A los negacionistas no se les combate, se les previene
Si ya es difícil hacerse una idea cabal de cómo quienes creen en plandemias, conspiraciones y terraplanismos llegan a creer en ello, ya les anticipo que lo peor de todo es que es mucho más difícil aún lograr que dejen de creerlo. Pero vayamos por partes.
Decir que 3000 personas que se manifiestan son una minoría insignificante creo que es infravalorar un problema que tenemos encima con todo esto del negacionismo, los antivacunas, antimascarillas y toda esa gente que se manifestó en Madrid pidiendo cosas varias. Una manifestación con varias connotaciones pero con la conspiranoia como hilo argumental.
Me preocupa entender cómo llegan a creer en todo eso algunas personas que crees cuerdas, incluso razonables y bondadosas. Llevo un tiempo leyendo cosas que me puedan ayudar a entenderlo y no creo que se les pueda sacar demasiada punta a ellos ni, por otro lado, que ni yo ni nadie estemos libres esos errores garrafales de la mente que son los sesgos y disociaciones cognitivas.
Al final del texto os propongo algunos libros más o menos relacionados con el tema (alguno apenas muy parcialmente). Tras esas lecturas en parte ahora entiendo mejor a esta gente. Lo malo es que también tengo menos esperanzas de que tenga remedio la cosa.
Lo que más me ha desmoralizado de todo esto es ver lo indefensos que estamos ante los sesgos. En este contexto el más letal es el sesgo de confirmación. Una vez que se nos mete una puñetera idea en la cabeza ésta hará todo lo posible por buscar constantemente nuevos argumentos que la refuercen, que confirmen esa idea inicial. Por eso es por lo que nos aferramos a nuestros medios de “comunicación” de cabecera y somos reacios a seguir otros de otro perfil. Por eso, cuando pasa ante nuestros ojos un bulo que confirma nuestra idea nos agarramos a él por muy disparatado que sea, y si, en cambio, es algo que contradice lo que pensamos tenderá a ser transparente a nuestros ojos.
Por tanto, el sesgo de confirmación nos arraiaga en nuestras creencias, pero no explica cómo llegamos a ellas, que es lo que más nos interesaba descubrir.
Es posible que la explicación no sea fácil, que es justo lo contrario de lo que suelen buscar los conspiranoicos, ni dependa de unas pocas variables, pero vamos a ver si somos capaces de poner sobre la mesa algunos posibles factores coadyuvantes.
Los medios de comunicación están más polarizados que nunca, ya sea en busca de causar impacto en el lector desde el amarillismo extremo y la búsqueda del clickbait o ya sea como parte del servicio a sus superiores políticos (¿acaso pensabas que existe la prensa libre?). El caso es que esa polarización tiende a “destapar” continuos escándalos de poderes que nos engañan, nos manipulan y nos utilizan para sus intereses (no vamos a entrar en esos intereses o habría que escribir un libro). Así, desde esos medios nos llega la idea de que “el poder miente”, lo que siembra una cierta desconfianza en la población, en general, y en la gente susceptible a caer en estas cosas en particular.
Algunos partidos políticos, especialmente los de extrema derecha, tienden a dar cabida a estas teorías, cuando no directamente a potenciarlas, en parte por acercarse a un sector potencial de votante y en parte porque al final todo eso va contra el gobierno de turno al que, independientemente de su color, les resulta interesante intentar desgastar, y más en España, donde ahora gobierna la izquierda, y además con coalición con un supuesto partido “comunista” (“¡Que vienen los comunistas”!), algo que ya de por sí desestabiliza a mucha gente y la pone a punto de caramelo para ser víctimas de cualquier teoría conspiranoica que se ponga por delante, especialmente si en ella participa en algo ese gobierno.
El ser humano, por naturaleza, tiene un punto rebelde, contra el poder, contra lo establecido o, simpelemente, como sano ejercicio de buscar ser un espíritu crítico frente a lo que te rodea, de buscar usar la inteligencia y libertad personal como forma de vida. Es decir, gente que busca cuestionar lo que le rodea como principio básico de la existencia. De hecho, de ese principio venimos, y por ahí se ha desarrollado la humanidad y el conocimiento.
Otro factor que puede tener que ver es que hoy en día vivimos en una sociedad L’Oreal, que tiene y quiere las cosas “porque yo lo valgo”. Somos una generación poco dada a la disciplina y a aceptar la normalidad de que se es tan vulgar como uno más entre la inmensidad humana que pobla el planeta. Una generación necesitada de encontrar elementos diferenciadores del resto en muchos aspectos, incluida la forma de entender cómo funcionan las cosas.
Si juntamos todos esos factores, más algunos otros elementos catalizadores que, obviamente, yo no alcanzaré a ver al no ser experto en nada, tenemos un cuestionamiento extremo de todo, de absolumente todo. Y ahí es donde se lía la cosa.
En el momento en el que cuestionamos absolutamente todo, por sano que sea como leitmovit vital o principio universal le estamos dando una patada en los huevos a otro principio universal, el de cómo se construye la ciencia o el conocimiento, que no es de otra manera que encaramándose a hombros de quienes vinieron antes. Decía Newton "si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes", en referencia a que su trabajo solo había sido posible como continuación de los de Galileo, Copernico y Kepler. Los pensadores y científicos aprenden de sus predecesores y, a partir de ese punto, hacen su aportación, y el siguiente avanza otro pasito respecto de éste, y así sucesivamente.
Pero ocure que ese aprendizaje de quienes nos precedieron se hace solo a partir de las conclusiones de su vida dedicada a la investigacion. Es decir, en ciencia, aunque por definición solo es ciencia si lo que estamos manejando es reproducible por otros a partir de la metodología que hemos usado, lo normal no es dedicarse sistemáticamente a reproducir los experimentos anteriores, sino que se dan por buenos éstos y se utiliza lo descubierto como punto de partida de nuestra investigación. ¿Y por qué no reproducimos esos experiementos para verificar que no hay fraude o error en ellos?. Pues porque hay que vivir y tirar para adelante, y no tendríamos tiempo en la vida para reproducir unos cuantos de esos experiementos solo para estar seguros de que no nos engañan. Y a eso se agarran los conspiranoicos. Como a veces, las menos, se produce el engaño o el error en investigaciones científicas, los conspiranoicos despreciarán la ciencia al completo empujados por el sesgo de disponibilidad. El sesgo de disponibilidad es el que hace que nos venga a la cabeza los casos sonados de fraude científico, por su espectacularidad y difusión en los medios, pese a ocurrir en un número ínfimo de casos, pero que no nos acordemos de los cientos de investigaciones desarroladas normalmente y con resultados positivos que no llamaron la atención de ningún medio de comunicación.
Hay quien, llevado de esa desconfianza absoluta, incluso de la ciencia, solo se cree lo que ve por sí mismo, así que cada idea que acepte deberá ser una idea a la que haya llegado por sus propios medios ¿Qué ocurre? Que obviamente ningún ser humano es capaz por sí mismo de desarrollar a lo largo de su vida el conocimiento que a la humanidad y sus más insignes pensadores le ha costado miles de años. Si ya es complicado para los mejores científicos descubir alguna que otra cosa siendo absolutos especialistas en lo suyo, qué no será querer descubrir el conomiento universal por uno mismo sin además tener una base de formación científica ni mínima, ni máxima, ni nada. Pues está claro el resultado: el desastre.
Y de la mano de este tipo de razonamientos se llega al terraplanismo y similares. Como no me voy a creer nada que me diga la ciencia solo me creo que la Tierra es redonda si lo veo con mis ojos, y claro ver, lo que se dice ver con los ojos de uno no es fácil. De hecho, la inmensa mayoría de descubrimientos científicos no se ven, se deducen, se hacen a través de observaciones indirectas y deducciones ¿O es que acaso alguien ha visto con sus ojos un agujero negro? No, no funciona así. Hoy en día se puede ver la esfericidad de la tierra perfectamente desde el espacio, aunque claro, eso los terraplanistas dicen que es mentira y que son montajes por ordenador de la NASA (qué paciencia hay que tener…).
En realidad cuando se supo que la tierra era redonda nadie lo vio así, directamente con sus ojos. Fue Eratóstenes hace unos 2.300 años, simplemente gracias a comparar las altitudes del Sol del mediodía en dos lugares separados por una distancia Norte-Sur. Ese sencillo experimento lo podría hacer cualquier terraplanista que quisiera dejar de serlo, pero aquí entra de nuevo el sesgo de confirmación. El cerebro humano que cree firmemente en algo, en este caso la planicie de la Tierra, a través del sesgo de confirmación luchará contra la disonancia cognitiva que se le pone delante (el choque entre su idea cerril y la evidencia de su error) con todas sus fuerzas, y su cerebro encontrará algún modo de descreerse de esa evidencia por fuerte que sea, e incluso buscará algún argumento para darle la vuelta y que le sirva para apoyar su tesis en lugar de desmentirla.
La cosa es complicada, y cuando a alguien se le mete en la cabeza cualquier disparate de la pseudociencia o la conspiración, probablemente ya sea tarde para sacarle de ahí. Sí, dice el refrán que de todo se sale, pero de esto es complicado.
Por tanto, queridos amiguitos, el camino es luchar para que nuestros niños no caigan en estos dislates a través de la educación, la ciencia y algo que en este país no está suficientemente potenciado: la divulgación científica. La ciencia es compleja para el profano, difícil de entender, tanto en lo que cuenta como en su metodología, basada en el ensayo/error y siempre abierta a cambiar de parecer cuando una nueva teoría desmiente una anterior, justo lo contrario de lo que suele buscar la gente: verdades absolutas y fáciles de entender. Y ahí es donde entran los gurús, magufos y pseudocientíficos quienes, con palabras fáciles de entener por todo el mundo, le comen la tostada a los divulgadores científicos y transmiten un mensaje disparatado a ojos de la ciencia pero que resulta atractivo y clarificador, a la par que misterioso, para el común de los mortales ávido de “investigar” por su cuenta una teoría alternativa a la del mainstream de los científicos. Unos científicos, claro está, a sueldo de los gobiernos que, a su vez, están movidos por secretas organizaciones de poderosos que nos quieren imponer un nuevo orden mundial a través de una plandemia y un chis que nos meterán por salva sea la parte.
Yo tengo la suerte de trabajar en una universidad pública, en la que contamos con una Unidad de Cultura Científica, e incluso un vicerrectorado del ramo, de reciente creación, con el divulgador científico José López Nicolás a los mandos. Sin embargo, algo así es a todas luces insuficiente para luchar contra tanto oscurantimo, y creo que las autoridades, tanto universitarias como gubernamentales en general, no son para nada conscientes de lo vital que es prevenir todo este maguferío, conspiranoia y pseudociencia desde la divulgación científica, una divulgación científica que sea tan atractiva para la gente de a pie como los youtubers conspiranoicos, tanto en el fondo como en la forma. Todo ello muy especialmente si tenemos en cuenta lo dicho del sesgo de confirmación, pues una vez dentro del maguferío raramente se sale.
En conclusión, es un asunto muy grave, pues va a más, y entre ellos se retroalimentan. O le ponemos coto desde la educación y la divulgación científica o en breve estarán metiéndose en gobiernos a través de partidos como el ML (Magufos por la Libertad) y entonces sí que estaremos jodidos.
Los libros que comentaba son:
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Nogueras, Ramón. Por qué creemos en mierdas: Cómo nos engañamos a nosotros mismos.
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Kahneman, Daniel. Pensar rápido, pensar despacio.
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Silver, Nate; Andreu Saburit, Carles; Villalba, Carmen. La señal y el ruido: Cómo navegar por la maraña de datos que nos inunda, localizar los que son relevantes y utilizarlos para elaborar predicciones infalibles
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Zimbardo, Philip G. El efecto Lucifer: el porqué de la maldad
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Erikson, Thomas. El hombre que estaba rodeado de idiotas: Cómo entender a aquellos que no podemos entender




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